El coche hecho para resistir

Toyota TS010

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Hay tres carreras únicas en el ámbito competitivo del automovilismo de máximo nivel, cada una de ellas con una personalidad inconfundible.

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Cada una de ellas puede mantener en vela al piloto de carreras más curtido: la histórica carrera estadounidense de Indianápolis 500, el glamuroso Gran Premio que recorre el puerto de Mónaco y, sin duda, la prueba más dura de todas, las 24 Horas de Le Mans.

La carrera de resistencia más veterana del mundo se ha venido celebrando cerca de esta pequeña localidad francesa desde 1923, y cada año algunos de los pilotos más experimentados y de los bólidos más avanzados del mundo se dan cita allí para darlo todo durante unas agotadoras 24 horas.

Joya de la corona del Campeonato Mundial de Automovilismo (WSC), y más recientemente el Campeonato Mundial de Resistencia (WEC), el desafío de Le Mans ha cautivado los corazones de muchos fabricantes, equipos y pilotos durante años. En el caso de Toyota, la historia de amor con Le Mans empezó en 1985.

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Durante la segunda mitad de los ochenta, los vehículos del Grupo C de Toyota, como eran conocidos, consiguieron resultados competitivos en Le Mans: sobre todo un 12.º puesto en su primera carrera, en 1985, y una destacada 6.ª posición en 1990.

Un año más tarde, la normativa del Grupo C de la FIA sufrió una modificación importante y, como consecuencia, los equipos vieron la oportunidad de replantearse completamente sus vehículos. Para Toyota, ese cambio supuso el nacimiento de un nuevo vehículo, con un ADN renovado, que acabaría resultando emblemático por iniciar una exitosa familia de bólidos de resistencia ‘TS’ de Toyota: el Toyota TS010.

En el corazón del nuevo y avanzado coche de carreras había un motor V10 de 3.5 litros inspirado en la Fórmula 1 para sustituir los motores V8 de 3.6 litros con turbocompresor montados en la parte trasera de su predecesor.

Con una potencia de 600 CV en la configuración ‘Le Mans’ y unos brutales 700 CV en configuración de ‘sprint’, el nuevo vehículo se diseñó para aprovechar al máximo la nueva normativa. El chasis, completamente nuevo, creado por el reputado diseñador Tony Southgate, montaba una carrocería más aerodinámica que alcanzaba velocidades de hasta 350 km/h, con una elevado nivel de carga aerodinámica (casi el doble que un vehículo de F1).

La veloz carrocería del nuevo vehículo y sus inconfundibles colores rojo y blanco debutaron en competición en la última ronda de la temporada 1991 del WSC, en el circuito Autopolis en Japón. Pilotado por dos británicos, Geoff Lees y Andy Wallace, el recién llegado hizo una buena carrera y acabó en 6.ª posición, tan solo un puñado de vueltas por detrás del vencedor.

La temporada siguiente no pudo empezar mejor: una victoria en la primera carrera, en el circuito italiano de Monza, fue la plataforma perfecta sobre la que batir un gran resto de temporada.

Al final de la temporada 1992, los TS010 habían impulsado a Toyota hasta la segunda posición del campeonato de constructores del WSC, mientras que dos victorias más en el Campeonato de prototipos deportivos All-Japan concedieron a Toyota el título de constructores del Grupo C para rematar un año de éxito.

Ese año, una épica edición de las 24 horas de Le Mans ofreció la lucha del TS010 hasta subir al segundo escalón del podio. Aunque no consiguió alzarse a lo más alto, fue un resultado extraordinario, que demostraba que el vehículo era uno de los más rápidos sobre el asfalto.

Lamentablemente, tanto el Campeonato Mundial de Automovilismo como el Campeonato de prototipos deportivos All-Japan fueron cancelados en 1993, dejando Le Mans como único foco de atención de los TS010 del equipo. Tres nuevos vehículos fueron fabricados especialmente para la carrera, pero a pesar de las numerosas mejoras, como un chasis más ligero y un motor más potente, un 4.º y un 8.º puesto fueron lo mejor que el equipo pudo conseguir.

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Ver uno más de 20 años después de su última incursión en la competición es todo un espectáculo. Este precioso ejemplo de 1993, expuesto en el Museo Louwman en La Haya, te hechiza en cuanto lo ves. De sus poros rezuman gestas heroicas y cicatrices por la alta velocidad; los nombres de los pilotos adornan sus flancos y un adhesivo oficial de Le Mans 93 pegado en la cabina confirma su historia.

El vehículo fue diseñado claramente con vistas a conseguir resultados inmediatos. Cada rejilla de ventilación, cada orificio de la carrocería tiene una función: refrigerar unos frenos al rojo vivo, hacer que entre aire en su insaciable motor o desviar el aire por encima y por debajo para que sus enormes neumáticos se agarren a la pista en las curvas. Este modelo del 93 se distingue por las ruedas traseras con que está expuesto: el cambio de normativa obligó a los equipos a retirar las cubiertas aerodinámicas de las ruedas traseras que hacían tan inconfundible al anterior TS010.

Los paneles de la carrocería se elevan y descienden por encima de los neumáticos pegados al suelo, con apenas un par de centímetros de luz entre ellos en su recorrido hasta el detalle más impresionante del vehículo, la enorme aleta trasera, un panel de tales dimensiones que da la sensación de que el vehículo pudiera deslizarse sobre él con el morro en el aire.

Para un vehículo tan largo, la cabina vista de cerca parece minúscula. Cuesta creer que los pilotos pudieran entrar y salir rápidamente rodeados de mecánicos de un lado para otro para cambiar los neumáticos, repostar y limpiar los insectos de la pantalla antes de que el vehículo saliera de boxes.

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Al levantar la puerta, se desvela una típica cabina de pilotaje, pequeña y funcional. El volante, con su parte inferior plana, se sitúa encima de una gran pantalla LCD, y a su lado una serie de botones, indicadores e interruptores que el piloto puede controlar y regular en el fragor de la carrera. Debió de haber sido agotador para los pilotos ir ahí metidos, vuelta tras vuelta, hora tras hora, aguantando fuerzas de atracción desgarradoras solo aliviadas por el reemplazo de otro piloto.

No obstante, para un piloto del máximo nivel, la fatiga y la extenuación física serían un precio que valdría la pena pagar. Rodar con un vehículo de conducción tan gratificante como el TS010 por el circuito al límite del agarre debe de haber sido sin duda un recuerdo imborrable.

“El propósito de la competición no es solo satisfacer nuestra curiosidad, sino sobre todo fomentar el desarrollo del sector japonés de la automoción”.

Kiichiro Toyoda (Fundador de Toyota)

Aunque el TS010 nunca consiguió alzarse con la ansiada victoria en Le Mans, hizo más que suficiente para dejar su huella en los anales de la historia. Como base para los futuros vehículos de competición Toyota TS, su ADN pervivió con el TS020, y luego en la era híbrida con el TS030, en 2012.

En 2014, el TS040 HYBRID, de 1.000 CV, en un guiño al legado de sus antecesores, dominó la clasificación de pilotos y constructores en el Campeonato Mundial de Resistencia, y colocó la tecnología híbrida de Toyota a la cabeza de una nueva era del automovilismo.

En los últimos años de su vida, el fundador de Toyota, Kiichiro Toyoda, habló de su convencimiento del importante papel que había desempeñado el automovilismo para ayudar a crear turismos mejores: “Los fabricantes deben participar en las competiciones automovilísticas para poner a prueba la durabilidad y las prestaciones de sus vehículos, y para exhibir su máximo rendimiento”. Asimismo, explicó: “El propósito de la competición no es solo satisfacer nuestra curiosidad, sino sobre todo fomentar el desarrollo del sector japonés de la automoción”.

Con muchos éxitos automovilísticos a nuestras espaldas y unos años muy emocionantes por delante, no cabe duda de la importancia de joyas como el TS010 para que podamos disfrutar todos de un futuro conduciendo coches cada vez mejores fuera de los circuitos.

Muchas gracias a Ronald y a su equipo del Museo Louwman, en La Haya, por su ayuda para redactar este artículo.

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